Monday, June 9, 2014

Hacer las cosas

Tengo una amiga que una vez se fue un año de retiro. Fue un año para servir, para encontrarse con Dios.

Ella siempre había sido una chica ejemplar. Incluso su papá me contó que en su casa le decían "La Santita". Siempre era muy servicial y amable con todo el mundo. Todo mundo le agradecía.


Cuando se fue de retiro, la primera noche, la encargada de la casa le pidió que pusiera la mesa. Sin renegar y con gusto, mi amiga puso la mesa para la cena en donde se sentarían todos lo que vivían en aquélla casa de retiro.

Una vez que puso la mesa, la encargada le dio una enseñanza maravillosa. Se le acercó, la tomó de los hombros, le besó los ojos y le dijo.

Linda, quiero que por favor levantes todos los platos y los cubiertos y vuelvas a poner la mesa.

Por supuesto, a mi amiga le extrañó mucho. La mesa estaba bien puesta. Ella sabía poner mesas. A pesar de ser una chica increíble y humilde, se extrañó mucho de lo que le decía su superiora y preguntó ¿por qué?

La superiora le dijo: Corazón. Eres una persona maravillosa. Sólo necesito que lo hagas con amor.

La primera vez que yo escuché la historia, me pareció una exageración. Pensé que en ese lugar de retiro eran un poco extraños. Finalmente, yo he pasado muchos años trabajando para el mundo corporativo y no me interesa mucho saber, si lo que le pido a mis empleados es hecho con amor. Simplemente me preocupa que lo hagan rápido y bien.

Sin embargo, últimamente me he dado cuenta de la importancia de hacer las cosas con amor. Generalmente, cuando hago algún favor o cuando presto algún servicio, no lo hago con amor. A veces estoy cansado o agobiado o triste o enojado y doy el servicio sólo porque lo tengo que hacer. A veces estoy feliz y contento y entonces sólo doy el servicio para lucirme, para que las personas me admiren. Ni por mi mente ni por mi alma pasa nunca la palabra AMOR.

Lamentablemente, aunque sé que Dios y algunas personas a mi alrededor toman en cuenta lo que hago (aunque lo haga con mala gana), cuando no hago las cosas con amor, mi actitud, muchas veces, es motivo de fricción, de enojo y de discordia. Entonces ocasiono un efecto que me molesta mucho: Todo lo bueno que hago, a pesar de haber sido duro o difícil; a pesar de haber estado bien hecho; a pesar de haberme tomado mucho tiempo y de haber ayudado a alguien, provoca que la gente se aleje de mí. Provoca que la gente desconfíe de mí. Noto que no tengo amigos, que la gente me tiene miedo y que estoy, en esencia, solo.

Por culpa de esa actitud, me han despedido de varios trabajos, mis amigos no me invitan a sus reuniones ni a sus bodas, no tengo novia y cada día que pasa, la coraza de mi alma se hace cada vez más gruesa, más dura, más infranqueable... Impenetrable.

He llegado a pensar incluso que, sin amor, sería preferible no hacer ningún favor, ni prestar ningún servicio. Es preferible decir que no puedes, que no tienes tiempo o buscar a alguien para que te ayude a realizar eso que te está costando trabajo. ¿Por qué? Porque cuando hay algo que no puedes hacer, generalmente no hay jueces. La gente entiende que no podías y punto. Se entiende que no tenías tiempo o que estabas cansado o que no estabas disponible... O simplemente que no quisiste hacerlo y eso se disculpa. Sin embargo, cuando haces algo a disgusto, con ira o con enojo, en verdad quedas en deuda con las personas.

No basta hacer las cosas, no basta hacerlas bien. Como diría San Pablo: Si no tengo amor, nada soy.

Friday, June 6, 2014

Prohibiciones

A nadie nos gusta que nos prohíban nada. Las prohibiciones pueden hacer que nuestra libertad se coarte. Parece que si los seres humanos somos libres por naturaleza, no deberíamos tener ninguna prohibición. Incluso los peores críticos de las religiones y de los gobiernos, promueven ideas anarquistas que se elevan por encima de toda autoridad y creen en la libre e incuestionable determinación de los individuos.

Los que me conocen saben que no me gusta manejar y que los autos particulares me parecen, en general, medios ineficientes de transporte. Por eso, sólo utilizo mi auto cuando es absolutamente necesario, pero recorro la ciudad en metro, metrobús y sobre todo, en taxi. Me gusta mucho la frase de aquél político latinoamericano que dice: "Desarrollo, no es que los pobres tengan coche, sino que los ricos usen el transporte público". Gracias a ello he liberado a mi cuerpo y a mi mente del terrible estrés originado por el tránsito porque, cuando alguien más conduce por ti, tu mente puede enfocarse en todo aquéllo que debes hacer durante el día. Incluso puedes encontrar invaluables momentos para la lectura, espacios que muy probablemente, si eres tan ocupado como yo, no encontrarías en otro momento del día.

Hoy por la mañana, rumbo a uno de mis proyectos, abordé un taxi que tomaría periférico desde el sur, hasta las lomas. Si bien el conductor era un poco atrabancado (después de pasar un par de topes sin frenar, uno puede notar inmediatamente cuando el vehículo no es del taxista), no soy partidario de corregir el desempeño del chofer, a menos de que lo amerite. Una vez habiendo tomado el periférico y yendo arriba del límite de velocidad, el teléfono celular del conductor sonó y el taxista, sin siquiera pensarlo, soltó la mano izquierda del volante, miró quién llamaba y sin mayor recato, llevó el teléfono a su oído y comenzó a hablar.

Tuvo el chofer, la desventaja de tenerme a mí arriba de su auto. Un poco exhaltado le dije: "Amigo, podrías colgar tu teléfono, vienes a 100 km/h".

El chofer accedió a colgar pero muy molesto me gritó: "No vengo cotorreando, murió un familiar". Mientras me gritaba, en vez de tener la vista al frente, volteó a verme por el espejo retrovisor. Entonces le grité con energía. "Mantén tu vista al frente, vienes a 100 km/h". Entonces me replicó: "Mejor me salgo y tome otro taxi". Y por supuesto le dije: "Mira, llévame a donde te pedí, sólo maneja bien". Terminamos la discusión.

2 minutos más adelante encontramos un embotellamiento y su velocidad no excedió los 30 km/h.

Por supuesto, dadas las circunstancias del incidente, y el grado de ira que manifestó el taxista, yo no habría podido discutir con él y explicarle con detalle los cientos de razones por los cuales no es nada recomendable tomar una llamada (del modo que la tomó, sin un manos libres) a 100 km/h sobre el periféfico. Por eso tuve que utilizar mi potente voz grave y simplemente dar órdenes. Tuve que prohibir. Y justamente por esta razón escribo este artículo. Los anarquistas radicales proponen que la libertad debería implicar la abolición de las prohibiciones (cada vez que utilizo el verbo abolir, me gusta preguntarle a la gente si saben conjugar el verbo). Sin embargo, la libertad inculta, ignorante, supina puede ocasionar consecuencias que supriman la verdadera libertad.

Tal es el caso de los adolescentes que, buscando la libertad, se aficionan al tabaco, el alcohol, el sexo o las drogas y pierden, en un ejercicio de libertad, su propia libertad. Por supuesto, siempre hay voces que advierten a los adolescentes acerca de los peligros de abusar de las drogas o el sexo... Pero su ignorancia y posiblemente su necedad les impide ver el problema. Piensan que sólo se les prohíbe.

Ese fue el caso del taxista de unos cuarenta años que conducía hoy por la mañana. Su argumento fue tan inmaduro como el del alcohólico que dice que bebe porque le duele el alma. El taxista dijo: "contesto el teléfono a 100 km/h sobre el periférico porque un familiar murió". Por supuesto, no iba a seguir discutiendo con una persona enojada y que conduce un auto en el que yo voy. Pero lo primero que se me vino a la mente fue decirle: "Pues si contestas el teléfono a 100 km/h, hoy va a haber 2 muertos en tu familia".

Por supuesto, cuando uno se sube a un taxi, el taxista no sabe a quién lleva ni con quién habla. El taxista no sabe que soy ingeniero de una de las universidades más prestigiosas de México y que cuento con algunas certificaciones internacionales y que sé algunas cosas que él ignora. ¿Qué es lo que el taxista ignora y que yo sé?

Primero, que si vienes a 100 km/h y distraes tu vista un segundo para ver quién te llama, avanzas casi 30 metros a ciegas. Yo te pregunto ¿correrías con tus piernas a lo largo de 30 metros y a máxima velocidad con los ojos cerrados por un camino que no conoces? Claro que no, porque si te encuentras un obstáculo, te golpearías muy fuerte. Pues bien, si corres a máxima velocidad (y no eres Usain Bolt), seguramente no rebasarás los 15 km/h. ¿Qué te hace creer que es menos peligroso avanzar 30 metros a ciegas yendo 6 veces más rápido que si corrieras con tus piernas?

Segundo: Si sólo sostienes el volante con una mano a 100 km/h, es más probable que pierdas el control del auto. Piensa: si avanzas a 30 metros por segundo, un volantazo de un segundo puede hacer que te estrelles contra otro vehículo o contra el muro de contención... Y si el vehículo no tensa el volante conforme aumenta la velocidad (como no lo hacen los Tsurus), la probabilidad de dar un volantazo es más alta.

Tercero: Hablar por teléfono celular mientras conduces es una infracción al reglamento de tránsito.

Cuarto: El riesgo de tener un accidente automovilístico se ha aumentado de forma dramática desde que aparecieron los teléfonos celulares.

Quinto: Hay quienes afirman que ir viendo la pantalla del teléfono celular mientras se conduce, es como si se condujera completamente borracho.

Una vez escuché una frase en la que se afirmaba que a nadie se le tenía permitido pecar. Y por supuesto, los críticos de las religiones no comprenden el hecho. En general, los humanos ignoramos las consecuencias del pecado, aunque para los que nos gusta darle el privilegio de la duda a las religiones, podemos ver claramente sus terribles consecuencias.

Yo pregunto ¿Al chofer de ese taxi, le estaba permitido cometer una infracción al reglamento de tránsito, sólo porque su familiar había muerto? ¿Quién sufriría las consecuencias de tener un accidente conduciendo a 100 km/h?

Debemos ser humildes. Siempre hay alguien que sabe más que nosotros. En este caso, yo sabía mucho más acerca de cuestiones físicas que el taxista. Dios no va a suspender las leyes de la física, sólo porque uno de nuestros familiares tiene problemas o porque hay una emergencia en el trabajo. Si somos sensatos, a nadie le debería estar permitido ver la pantalla y contestar el teléfono celular conduciendo a 100 km/h. Sin importar las circunstancias.

Y siguiendo mi razonamiento, voy a extenderlo al caso de las religiones. Aunque no lo creo así, voy a suponer que ninguna de las religiones en el planeta es verdad revelada. Voy a suponer que no hay Dios que nos haya escrito con fuego, una ley en el corazón y que no mandó nunca a los hombres a escribir esa ley en sus libros sagrados y que las leyes Católicas son sólo un descubrimiento de un conjunto de hombres y mujeres que a lo largo de la historia, han encontrado las consecuencias catastróficas del pecado... Personas que durante siglos han estudiado el comportamiento humano y que han descubierto las 10 ó 12 cosas que más dañan al hombre. ¿No te gustaría darle el privilegio de la duda a esas personas, para no estrellar tu vida a 100 km/h?

Antes de rechazar una prohibición, cuestiónate ¿cuál es el origen de la prohibición? El taxista pudo haber pensado que yo le ordené que terminara su llamada, sólo porque estaba prohibido en el reglamento... Pero yo entiendo cuál es el origen de esa regla. Hay quienes afirman que el pecado no existe... Sólo te pido que te cuestiones ¿cuál crees que sea el origen del pecado? ¿Quién sabe, tal vez la prohibición te ayude a alcanzar tu verdadera libertad?

Yo hice la prueba, y me di cuenta de lo bueno que es el Señor.

Thursday, June 5, 2014

La Duda

Está de moda. Hoy discuten los legisladores si las niñas de doce años pueden abortar sin consultar a sus padres. Se discute si los adolescentes pueden pedir su cambio de sexo. Se escudan en la bandera del laicismo. Inculcan en las escuelas públicas que esa es la verdad, fuera de ninguna creencia. La verdad real, científica, inmutable, incuestionable. Como si eso que promueven no fuera también basado en creencias.

Hoy, los legisladores quieren dar poder a nuestros adolescentes, a nuestros niños, el poder de decidir sobre la vida y la muerte. El poder de llevar un capricho al extremo. El capricho del cambio de sexo o del asesinato de un niño. Como si no entendieran los caprichos de los adolescentes: hoy anhelan un tatuaje, mañana fumar marihuana, luego hacerse un piercing ¿y después?

Para reforzar la estupidez, los legisladores no sólo abogan por el derecho de los adolescentes a abortar, sino que además, estipulan un derecho que les permite viajar y divertirse. Por un lado los tratan como adultos y por otro, los tratan como idiotas, como niños mimados a los que deben darles permiso de "pasarla bien". Como si en la vida no tuvieran que luchar fuertemente por lo que quieren y anhelan, trabajar por lo que en verdad vale la pena.

Sigo a santa Teresa. Nada me turba. Nada me espanta. Tal vez antes, habría escrito de forma apasionada, dando cientos de argumentos teológicos acerca de la maldad del acto. Argumentos científicos que demostraran que los procesos hormonales de los adolescentes, no los hacen aptos para tomar decisiones que afecten el resto de sus vidas. Pero no voy a hacerlo. No porque me canse. A diario recibo comentarios de personas que atacan la verdad y respondo siempre con contundencia, aunque muchas personas no entiendan razones.

¿Qué importa la ley? Durante toda la historia, han existido gobernantes perversos que imponen leyes perversas. Leyes que afectan a la gran mayoría de las personas y que terminan aniquilando a las sociedades. Pero siempre han existido grupos de personas que optan por la moral y el sentido común que conlleva.

Amigos: No importa cuántas leyes se promulguen para promover que las mujeres aborten. No importa cuánto quieran convencer a nuestros adolescentes que las relaciones homosexuales les darán libertad y plenitud. Muy en el fondo, en esa soledad que todos tenemos; dentro de esa intimidad de la habitación en la que nadie puede entrar. En ese terrible silencio de la enfermedad, de la tristeza, de la oscuridad, donde reina la paz, sé que en cada persona que hoy proclama el aborto como la solución a los males de las mujeres embarazadas, que en cada persona convencida de encontrar la felicidad con una pareja del mismo sexo, siempre aparecerá la duda. Esa duda terrible que nos ataca a todos los que hacemos el mal. Esa duda que les hará preguntarse ¿y si ese bebé que llevo en el vientre me ama, me siente, me entiende? ¿Y si ese bebé será inteligente, bello, grandioso? ¿y si yo mereciera un príncipe azul o una princesa que me ame con plenitud? ¿Y si el único amor verdadero es ese amor fecundo que forma familias completas, llenas de hijos y de una pareja que se complementa en cuerpo y alma? ¿Y si todo por lo que he luchado es basura?

Unos tenemos la certeza. Quien promueve el mal siempre tendrá la duda. Sé que tengo que amar incluso al que promueve estupideces. Y lo amo, hasta el límite de la paciencia. Jamás juzgaré a la persona particular que decida un tipo de vida. En mi pecho siempre habrá un abrazo para ese hermano gay, esa amiga lesbiana, esa chica que abortó. Siempre habrá una palabra de aliento para el que la pida. Pero al mismo tiempo, siempre existirá la fe, el silencio de Aquél que conoce mis pensamientos. La paciencia del que espera millones de años para que aparezca una célula. Y por eso espero. Espero. Espero.