Las calles se llenaron de euforia. Plazas repletas, inundadas de banderas. La alegría parecía contagiar a todo el país. Es difícil no emocionarse al observar un pueblo unido por una misma causa. A mí también me gusta el futbol y entiendo perfectamente la emoción que puede despertar una victoria: España conquista La Copa Mundial FIFA 2026.
Pero ¿por qué es español el español? ¿por qué debería emocionarse el ciudadano de a pie que hizo poco para que esos atletas ganaran? ¿qué es lo que realmente se celebra cuando se celebra?
Todo campeonato internacional tiene una característica inevitable: para que exista un campeón, antes tuvieron que perder decenas de participantes (y si no te habías percatado, millones de fanáticos consumidores que compraron álbumes, stickers, suscripciones, playeras, entradas, banderas y los productos de los patrocinadores). Si pensamos en un torneo con 48 selecciones nacionales, el triunfo de una significa, necesariamente, la derrota de las otras 47. El deporte, por definición, necesita un vencedor y muchos vencidos.
Podrías argumentar que la competencia forma parte de nuestra naturaleza y que es una magnífica herramienta para desarrollar disciplina, trabajo en equipo y perseverancia. ¿Pero, sólo deberíamos festejar cuando hay vencidos? ¿Los seres humanos podríamos desarrollar mecanismos que enorgullezcan el ser o sólo el esfuerzo, sin necesidad de que haya necesariamente derrotados, ni sentimientos de superioridad? Llama la atención la forma en que nosotros construimos un orgullo colectivo alrededor de un resultado: Meter una pelotita en una red.
La moral del Rey / La moral del súbdito
¿Megalomanía? ¿Ambición? ¿Designio divino? Era curioso ver cómo los jugadores españoles, recibían las palabras de victoria de su rey y de su presidente. Recibir felicitaciones como héroes nacinales, héroes que no dejan de ser súbditos.
La escena tenía un enorme simbolismo.
Durante siglos, en las antiguas monarquías, los reyes recibían a sus generales y soldados cuando regresaban victoriosos de una campaña militar. Eran premiados porque habían conquistado territorios, defendido al reino o cumplido la misión que les había sido encomendada. Aquellos guerreros encontraban buena parte de su orgullo en haber servido al rey y haber engrandecido a su nación.
Resulta curioso que, varios siglos después, esa imagen siga existiendo, aunque haya cambiado completamente el campo de batalla.
Sí, la mayoría de las sociedades consideran que las guerras de conquista no son motivo de orgullo. Ya no vemos a los soldados regresar para ser homenajeados después de anexar nuevos territorios (al menos no en la mayoría de los países). La humanidad ha aprendido, con enorme dolor, que la guerra suele traer más pérdidas que beneficios.
Pareciera que esa necesidad de tener héroes nacionales simplemente encontró un nuevo escenario: el deporte.
En lugar de espadas hay balones.
En lugar de fortalezas conquistadas, hay trofeos.
En lugar de generales, hay entrenadores.
Y en lugar de soldados, hay futbolistas.
El ritual, curiosamente, sigue siendo muy parecido.
No pretendo minimizar el esfuerzo de los deportistas. Todo lo contrario.
Quien llega a competir al más alto nivel suele haber sacrificado una parte enorme de su vida. Horas interminables de entrenamiento, lesiones, disciplina, renuncias personales, presión psicológica y años completos dedicados a perfeccionar una habilidad. Ese esfuerzo merece reconocimiento independientemente del lugar que hayan obtenido.
Porque, si somos honestos, el atleta que termina en cuarto, décimo o trigésimo lugar probablemente trabajó con la misma intensidad que el campeón.
La diferencia entre uno y otro muchas veces son pequeños detalles, circunstancias, lesiones o simplemente que ese día alguien jugó un poco mejor.
Por eso me pregunto si no estamos confundiendo el valor del esfuerzo con el valor del resultado.
Celebramos al ganador.
Olvidamos a quienes también dedicaron su vida al deporte.
Y, al hacerlo, reducimos el mérito únicamente a quien logró meter un balón una vez más dentro de una portería.
Quizá el verdadero motivo de celebración no debería ser únicamente que un país haya ganado un campeonato, sino que miles de personas hayan sido capaces de competir en paz.
Es extraordinario que hoy las naciones puedan enfrentarse durante noventa minutos en una cancha, en lugar de hacerlo durante años en un campo de batalla.
Ese sí me parece un enorme avance de la humanidad.
Me emociona mucho más ver estadios llenos que trincheras llenas.
Me alegra infinitamente más ver familias celebrando en las calles que familias huyendo de una guerra.
Tal vez ahí está el verdadero triunfo.
No en el marcador.
No en la copa.
No en el himno que sonó al final.
Sino en haber encontrado una forma civilizada de competir.
Porque, al final del día, todos los países llevaron a sus mejores representantes. Todos soñaban con ganar. Todos prepararon a sus atletas durante años. Todos hicieron enormes inversiones de tiempo, dinero y esfuerzo.
Solo uno levantó el trofeo.
Pero todos demostraron de lo que es capaz el ser humano cuando dedica su vida a perseguir un objetivo.
Quizá nuestros orgullos colectivos necesitan evolucionar.
¿Está bien sentir alegría porque nuestro país gane? Probablemente ni siquiera deberíamos sentir orgullo de pertenecer a uno. Vale la pena cuestionarnos si nuestro orgullo depende exclusivamente de derrotar a los demás.
Imagino un mundo donde también celebremos al científico que descubre una vacuna, al maestro que transforma la vida de sus alumnos, al médico que salva pacientes, al inventor que genera empleo alrededor de su invento, al artista que inspira o al voluntario que ayuda sin esperar reconocimiento. Lástima que todos ellos reciban sueldos significativamente menores que los de los futbolistas.
Peros sí, hay triunfos que no requieren de la derrota.
No requieren un vencido para tener un vencedor.
Simplemente hacen mejor a la humanidad.
Tal vez el deporte pueda enseñarnos precisamente eso: que competir no significa odiar al rival, que esforzarse vale la pena incluso cuando no se obtiene el primer lugar y que la verdadera victoria consiste en superarnos a nosotros mismos. ¿Se entiende bien (sobre todo los malos perdedores)?
Seguiré disfrutando del futbol, emocionándome con los buenos partidos y aplaudiendo el talento de los grandes deportistas.
Pero cada vez que vea a un país entero celebrar un campeonato, también recordaré a todos los que quedaron en el camino, porque sin ellos nunca habría existido un campeón.
España conquista el campeonato del mundo, porque ya no puede conquistar nada más. ¡Y qué bueno! Que se acaben las conquistas a la mala y la devastación. Si bien soy un admirador del proceso de cristianización de América, sé que la expansión del imperio Español no dejó de tener sus episodios crueles e injustos. Que ni los pueblos, ni las naciones, ni sus líderes, se enorgullezcan de sus conquistas sobre otros sino del desarrollo de la humanidad. Que se enorgullezcan de la justicia, del amor y del trabajo en equipo que requiere llevar a hombres y mujeres a altas montañas.
Quizá ese sea el orgullo más auténtico de todos: El orgullo de ser hijos, no esclavos. El orgudllo de pertenecer a una humanidad. Sí, humanidad libre, cocreadora. Sí, capaz de competir, de emocionarse y de convivir en paz, sin la trágica necesidad de conquistarse unos a otros.

